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Crisis de identidad: cuando te sientes perdido en tu propia vida
Hay personas que llegan a mi consulta y, antes incluso de sentarse, rompen a llorar.
Algunas me dicen:
—Doctora, creo que me pasa algo raro.
Otras utilizan palabras diferentes:
—Ya no sé quién soy.
Y otras, simplemente, guardan silencio durante unos segundos y terminan confesando:
—Siento que he perdido mi vida.
Curiosamente, muchas de estas personas tienen una familia, un trabajo, amigos y una vida aparentemente estable. Desde fuera parece que todo está bien. Sin embargo, por dentro sienten que algo se ha roto.
Se levantan cada mañana, cumplen con sus obligaciones y siguen adelante, pero han dejado de reconocerse.
Las cosas que antes les hacían ilusión ya no les motivan.
Las relaciones que parecían sólidas empiezan a generar dudas.
Los sueños que tenían hace años han perdido sentido.
Y aparece una pregunta que puede resultar profundamente inquietante:
¿Quién soy realmente?
Cuando esta pregunta deja de ser una reflexión puntual y se convierte en una fuente constante de angustia, confusión o vacío, podemos estar atravesando una crisis de identidad.
Y aunque pueda parecer sorprendente, quiero decirte algo importante.
Una crisis de identidad no siempre significa que tu vida se esté derrumbando.
En muchas ocasiones significa que estás creciendo.
La crisis de identidad es un periodo de cuestionamiento interno en el que la persona comienza a dudar de quién es, qué quiere, cuáles son sus valores y qué sentido tiene su vida.
Durante este proceso es frecuente experimentar:
• Confusión.
• Inseguridad.
• Sensación de vacío.
• Pérdida de rumbo.
• Desconexión emocional.
• Dudas constantes sobre uno mismo.
Muchas personas me dicen:
—Tengo la sensación de que estoy viviendo una vida que no es la mía.
Y esa frase resume perfectamente lo que sucede.
No es que hayan perdido su identidad.
Es que la identidad que construyeron durante años ya no les sirve.
Las crisis de identidad suelen aparecer cuando algo importante cambia en nuestra vida.
Una separación.
La pérdida de un ser querido.
La jubilación.
Un cambio de trabajo.
La maternidad o la paternidad.
La marcha de los hijos de casa.
Una enfermedad.
Estos acontecimientos nos obligan a adaptarnos y, muchas veces, a replantearnos quiénes somos.
Recuerdo a una mujer de cincuenta y cinco años que llegó a mi consulta completamente desorientada.
Había dedicado toda su vida a su familia.
Había sido una madre maravillosa.
Una esposa entregada.
Una hija pendiente de sus padres.
Sus hijos se independizaron y, un día, mientras recogía la mesa después de comer, se echó a llorar.
Su marido le preguntó qué le pasaba.
Ella respondió:
—No lo sé. Creo que ya no sé quién soy.
Aquella mujer no estaba deprimida.
No tenía ansiedad grave.
Simplemente había vivido tantos años pendiente de los demás que había olvidado preguntarse qué quería ella.
Su crisis de identidad no era una enfermedad.
Era una llamada de atención.
Muchas personas construyen su vida intentando cumplir expectativas.
Quieren ser:
La pareja perfecta.
La madre perfecta.
El hijo perfecto.
El profesional perfecto.
Y sin darse cuenta dejan aparcados sus propios deseos.
Hasta que un día aparece una pregunta inevitable:
¿Y yo qué quiero?
En otras ocasiones no ocurre nada especial.
Simplemente aparece una sensación profunda de insatisfacción.
La persona piensa:
—Tengo una buena vida y, sin embargo, no soy feliz.
Esta sensación puede generar mucha culpa.
Pero es importante comprender que cuestionarse la propia vida forma parte del crecimiento humano.
Algunas experiencias pueden cambiar profundamente nuestra manera de vernos.
Un abandono.
Una infidelidad.
Un acoso.
Una enfermedad.
Una pérdida importante.
Estas situaciones pueden hacernos replantear nuestra identidad y nuestra relación con el mundo.
Cada persona la vive de forma distinta.
Sin embargo, algunos síntomas son muy frecuentes:
Puedes mirarte al espejo y pensar:
—Ya no soy la persona que era.
Lo que hoy parece importante mañana deja de tener sentido.
Cuando no sabemos quiénes somos, tampoco sabemos qué queremos.
Es frecuente sentir que falta algo, aunque no sepas exactamente qué.
La inseguridad lleva a pensar que los demás sí saben cómo vivir.
Y casi nunca es verdad.
Aunque solemos relacionarla con la adolescencia, puede aparecer a cualquier edad.
En la adolescencia forma parte del desarrollo.
Se exploran valores, amistades, gustos y proyectos de vida.
En la edad adulta suele aparecer cuando sentimos que hemos perdido el contacto con nosotros mismos.
En consulta escucho con frecuencia frases como:
—No sé qué hacer con mi vida.
—Ya no me reconozco.
—Siento que he vivido para los demás.
Cuando se prolonga en el tiempo puede favorecer:
• Ansiedad.
• Tristeza.
• Estrés.
• Baja autoestima.
• Desmotivación.
• Sensación de fracaso.
La incertidumbre constante resulta emocionalmente agotadora.
Por eso es importante no ignorar lo que estamos sintiendo.
La buena noticia es que una crisis de identidad también puede convertirse en una enorme oportunidad de crecimiento.
Las emociones tienen una función.
Nos indican que algo necesita cambiar.
Tu camino no tiene por qué parecerse al de nadie.
¿Qué actividades disfrutas?
¿Qué sueños has abandonado?
¿Qué te gustaría recuperar?
Pregúntate:
¿Qué es importante para mí?
¿Qué tipo de persona quiero ser?
Aquí quiero detenerme un momento.
Muchas personas sufren porque intentan seguir siendo quienes eran hace veinte años.
Pero las personas evolucionamos.
Y cambiar no significa perderse.
Muchas veces significa encontrarse.
Cuando la confusión es intensa, la terapia puede ser de gran ayuda.
Un profesional puede ayudarte a:
• Comprender lo que estás viviendo.
• Identificar bloqueos emocionales.
• Reconectar contigo.
• Fortalecer tu autoestima.
• Construir una identidad más auténtica.
Me gusta decir a mis pacientes una frase que repito con frecuencia:
La terapia no te dice quién eres. Te acompaña para que puedas descubrirlo.
Quiero terminar este artículo compartiendo una reflexión.
Vivimos en una sociedad que nos exige tener todas las respuestas.
Saber quiénes somos.
Qué queremos.
Qué camino debemos seguir.
Pero la vida no funciona así.
A veces necesitamos perdernos para encontrarnos.
Necesitamos dejar atrás una versión antigua de nosotros mismos para dar espacio a una nueva.
Quizá la persona que fuiste ya ha cumplido su función.
Y ahora toca descubrir quién quieres ser.
Si estás atravesando una crisis de identidad, no pienses que has fracasado.
Quizá simplemente estás creciendo.
Quizá la vida te está invitando a vivir de una manera más auténtica.
Porque encontrarse a uno mismo no consiste en volver al pasado.
Consiste en construir, con honestidad, valentía y cariño hacia uno mismo, la persona que deseas ser a partir de hoy.
Y recuerda algo que les digo a muchas personas cuando salen de mi consulta:
No tengas miedo de cambiar. A veces, la mejor versión de ti está esperando justo al otro lado de una crisis.
Dra. Marisa Navarro.