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TDAH en mujeres adultas: cuando crees que el problema eres tú

Tabla de contenidos

Neurodiversidad y salud mental

TDAH en mujeres adultas: cuando llevas toda la vida pensando que el problema eras tú

Despistada, desordenada, inconstante, exagerada. Cuarenta años describiéndote con palabras que eligieron otros. Y una pregunta que quizá nadie te hizo nunca.

Dra. Marisa Navarro
Médica y psicoterapeuta
12 min de lectura

Hace algún tiempo se sentó frente a mí una mujer de cuarenta y un años.

Tenía trabajo, pareja, dos hijos y una vida que, vista desde fuera, funcionaba perfectamente.

Era una de esas mujeres de las que los demás dicen:

Y probablemente podía.

El problema era el precio que pagaba por poder con todo.

Después de hablar un rato, me dijo:

No lo dijo enfadada.

Lo dijo casi disculpándose.

Como quien lleva muchos años intentando asumir un defecto propio.

Y aquella frase me llamó muchísimo la atención.

Porque cuando una mujer lleva cuarenta años describiéndose como despistada, desordenada, inconstante, exagerada, vaga o incapaz de organizarse, yo siempre hago una pregunta:

¿Y si no fuera un defecto de carácter?

Esta mujer llevaba años tratándose por ansiedad.

Había pasado también por dos etapas diagnosticadas como depresión.

Los tratamientos le habían ayudado en algunas cosas.

Pero siempre quedaba algo.

Una sensación de ruido interior.

Una dificultad enorme para organizarse.

Una tendencia a dejar las cosas para el último momento.

Una cabeza que nunca parecía detenerse.

Y, sobre todo, una sensación que arrastraba desde niña:

Cuando empezamos a reconstruir su historia hacia atrás —el colegio, la adolescencia, la universidad— apareció algo que llevaba toda la vida allí.

Un posible TDAH que nadie había mirado.

«Siempre pensé que era culpa mía»

Esta frase la he escuchado muchas veces.

Y para mí es una de las partes más dolorosas del diagnóstico tardío.

Porque una niña a la que constantemente se le olvidan las cosas no piensa: «Tengo dificultades para regular mi atención».

Piensa: «Soy despistada».

Una adolescente que tarda cinco horas en hacer una tarea que a otra persona le lleva una hora no piensa: «Mi función ejecutiva funciona de otra manera».

Piensa: «Soy lenta».

Una mujer que necesita agendas, alarmas, listas, notas en el móvil, recordatorios y una organización casi militar para que su vida no se desmorone no suele pensar: «Estoy compensando».

Piensa: «Si me relajo, soy un desastre».

Y así, poco a poco, vamos construyendo una identidad.

No sobre lo que somos.

Sino sobre lo que durante años nos han dicho que hacemos mal.

El TDAH no siempre es ese niño que no puede estarse quieto

Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de TDAH, la imagen que todos teníamos era bastante parecida.

Un niño inquieto.

Impulsivo.

Que interrumpe.

Que se levanta de la silla.

Que distrae a los demás.

Y evidentemente ese TDAH existe.

Pero hay otra presentación mucho menos llamativa.

La niña que no molesta.

La que parece estar escuchando, pero lleva diez minutos pensando en otra cosa.

La que mira por la ventana.

La que olvida el estuche.

La que pierde los papeles.

La que empieza los deberes y quince minutos después está ordenando una estantería.

La que tiene capacidad, incluso mucha capacidad, pero vive escuchando:

Lo que escuchaba de niña

  • «Podrías rendir mucho más».
  • «Tienes que concentrarte».
  • «Eres demasiado despistada».
  • «Si quisieras, podrías».

Y esta última frase hace muchísimo daño.

Si quisieras, podrías.

Porque esa niña quiere.

Vaya si quiere.

A veces quiere tanto que termina agotada intentando conseguir que su cerebro haga exactamente lo que se espera de él.

La mujer que parece organizadísima

Hay algo que desconcierta mucho cuando hablamos de TDAH en mujeres adultas.

Muchas son extraordinariamente organizadas.

Y entonces dicen:

Sí.

Pero déjame hacerte otra pregunta.

¿Cuánto esfuerzo necesitas para estar organizada?

Porque no es lo mismo que algo te salga de forma espontánea a que hayas construido un sistema gigantesco para conseguirlo.

He visto mujeres con calendarios de colores.

Alarmas para todo.

Listas en la cocina.

Notas en el teléfono.

Cuatro agendas.

Recordatorios pegados en la puerta.

Y aun así viven con la sensación permanente de que algo se les está olvidando.

Eso puede ser compensación.

Y la compensación funciona.

A veces funciona durante veinte, treinta o cuarenta años.

Hasta que deja de funcionar.

¿Cuándo suele romperse el equilibrio?

Cuando la vida se complica.

  • Un segundo hijo.
  • Un ascenso.
  • Una separación.
  • Un cambio profesional.
  • El cuidado de unos padres mayores.
  • Problemas de pareja.
  • La perimenopausia.

De pronto hay demasiadas cosas abiertas al mismo tiempo.

Y aquella mujer que siempre había conseguido llegar a todo empieza a sentir que no puede.

No porque haya aparecido un trastorno de repente.

Sino porque se ha quedado sin margen para seguir compensando.

Es como sostener diez platos en el aire.

Mientras son cinco, puedes conseguirlo.

Cuando aparecen otros cinco, alguno empieza a caer.

Cómo se manifiesta el TDAH en mujeres adultas

«Tengo veinte pestañas abiertas en la cabeza»

Esta es probablemente una de las descripciones que más escucho.

Una cabeza llena.

Ideas que aparecen mientras intentas terminar otra cosa.

Recuerdos repentinos.

Pendientes.

Conversaciones imaginarias.

Una cosa que te lleva a otra y esa otra a otra.

Estás escribiendo un correo y recuerdas que tienes que pedir cita al dentista.

Vas a pedir la cita y ves un mensaje.

Contestas el mensaje.

El mensaje te recuerda que tienes que comprar algo.

Entras a comprarlo.

Y media hora después piensas:

El correo sigue abierto.

No es necesariamente falta de interés.

Ni falta de inteligencia.

Ni falta de voluntad.

Puede ser una dificultad para dirigir la atención y mantenerla donde tú quieres que esté.

El agotamiento de tener que estar pendiente de todo

Muchas mujeres con TDAH llegan a consulta agotadas.

Pero no saben explicar de qué.

«Si tampoco hago tanto».

Sí haces.

Lo que ocurre es que una parte enorme del trabajo es invisible.

Recordar.

Anticipar.

Revisar.

Comprobar.

Volver a comprobar.

Pensar dónde has dejado las llaves.

Repasar mentalmente si has contestado aquel correo.

Preguntarte si pusiste la lavadora.

Recordarte que mañana tienes que llevar aquello.

Y mientras haces una cosa, mantener otras seis dentro de la cabeza para que no desaparezcan.

Eso agota muchísimo.

Procrastinar y ser perfeccionista al mismo tiempo

Esto parece contradictorio.

Pero lo veo constantemente.

Una mujer puede aplazar durante semanas una tarea.

La mira.

La piensa.

La apunta.

La vuelve a pensar.

Le genera malestar.

Pero no empieza.

Hasta que un día el plazo está encima.

Y entonces hace en seis horas lo que llevaba un mes posponiendo.

A veces de madrugada.

A veces sin comer.

A veces con un nivel de perfeccionismo agotador.

Después dice:

Y yo muchas veces le digo:

No me interesa tanto que lo hagas en el último momento. Me interesa saber por qué necesitabas que llegara el último momento para poder arrancar.

Ahí está la pregunta importante.

«Pero yo sí me concentro»

Por supuesto.

Una persona con TDAH puede concentrarse muchísimo.

Incluso demasiado.

Cuando algo le interesa especialmente, puede quedarse horas completamente absorbida.

Pierde la noción del tiempo.

Se olvida de comer.

No escucha el teléfono.

Todo desaparece.

Y entonces surge la duda:

Porque el problema no siempre consiste en no poder prestar atención.

Muchas veces consiste en no poder decidir con suficiente facilidad dónde colocarla y cuándo cambiarla.

Y eso es muy diferente.

Las emociones también pueden vivirse a mucho volumen

Hay mujeres que me dicen: «Siempre he sido demasiado intensa».

Y aquí también hay que tener cuidado con las etiquetas.

Entusiasmarse muchísimo.

Frustrarse rápidamente.

Sentirse muy herida por determinadas críticas.

Tardar en recuperar la calma después de un conflicto.

Son experiencias que algunas personas con TDAH describen con frecuencia.

Pero no significa que cualquier mujer emocional tenga TDAH.

Esto es importante.

Porque ahora vemos listas en redes sociales donde parece que si pierdes las llaves, procrastinas y tienes emociones intensas, ya tienes un diagnóstico.

Y la medicina no funciona así.

La historia estaba en el colegio

Volvamos a aquella mujer de cuarenta y un años.

Cuando empezamos a mirar hacia atrás, aparecieron muchas pistas.

Lo que decían sus informes escolares

  • «Tiene capacidad, pero se distrae».
  • «Podría rendir mucho más».
  • «Habla demasiado».
  • «No termina las tareas».
  • «Se despista con facilidad».

También apareció una colección de agendas.

Cada septiembre estrenaba una nueva.

La organizaba con colores.

Durante tres semanas funcionaba perfectamente.

En noviembre ya no sabía dónde estaba.

En la universidad estudiaba de una manera muy particular.

Días enteros sin conseguir empezar.

Y después sesiones maratonianas justo antes del examen.

Cuando nació su segundo hijo, la organización que llevaba años sosteniendo con esfuerzo dejó de funcionar.

La diagnosticaron de depresión.

Y había síntomas depresivos.

También había ansiedad.

Pero la pregunta era:

¿Eran esos problemas toda la historia o eran una consecuencia de llevar años intentando sostener un funcionamiento que nadie había entendido?

Ahí empezó a cambiar nuestra mirada.


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TDAH y ansiedad pueden parecerse muchísimo

Una mujer con ansiedad puede tener dificultades para concentrarse.

Puede dormir mal.

Puede procrastinar.

Puede sentirse saturada.

Puede tener la cabeza llena.

Una mujer con depresión puede perder capacidad de atención y organización.

Una mujer agotada también.

Una mujer atravesando una perimenopausia también.

Por eso un diagnóstico de TDAH no debería hacerse con una lista de síntomas de internet.

Necesita historia.

Y cuando digo historia, quiero decir historia de verdad.

  • Cómo eras con siete años.
  • Cómo estudiabas.
  • Qué decían tus profesores.
  • Cómo organizabas las tareas.
  • Si perdías cosas.
  • Si olvidabas deberes.
  • Si necesitabas un esfuerzo extraordinario para cumplir.

Porque el TDAH no aparece de repente a los cuarenta.

La vida puede hacerlo mucho más visible a los cuarenta.

Pero tenemos que encontrar indicios de que esa forma de funcionar ya estaba antes.

Entonces, ¿cómo distinguimos ansiedad y TDAH?

A veces no se distinguen porque están las dos cosas.

Y eso también ocurre.

Un TDAH no diagnosticado durante años puede generar muchísima ansiedad.

Imagina vivir permanentemente pensando:

El ruido de fondo

  • «Se me va a olvidar algo».
  • «Voy a llegar tarde».
  • «Voy a meter la pata».
  • «No he hecho aquello».
  • «¿Dónde están las llaves?»
  • «Seguro que me he dejado algo».

Claro que aparece ansiedad.

La ansiedad es real.

No significa que estuviera mal tratarla.

Pero a veces estamos tratando una consecuencia sin haber visto todavía qué la está alimentando.

Una pista importante es el tiempo.

La ansiedad puede aparecer en un momento de la vida.

El TDAH tiene raíces en la infancia.

Y otra pista puede ser esta:

Si mejora la ansiedad, pero permanecen prácticamente iguales la desorganización, la procrastinación, los olvidos y la dificultad para dirigir la atención, merece la pena estudiar qué más está ocurriendo.

Y las hormonas pueden complicar todavía más el cuadro

Este tema me parece especialmente interesante en mujeres.

Hay mujeres con TDAH que describen cambios en sus síntomas según el momento del ciclo menstrual.

O después del embarazo.

O durante la perimenopausia.

Las hormonas sexuales interactúan con sistemas cerebrales implicados en la atención y la regulación emocional, aunque todavía necesitamos mucha más investigación específica en mujeres.

Y esto puede explicar una cosa que vemos en consulta.

Mujeres que han compensado durante décadas empiezan a decir entre los cuarenta y tantos y los cincuenta:

«Ya no puedo organizarme como antes».

«Estoy muchísimo más despistada».

«Lo que antes controlaba ahora se me escapa».

Eso no significa que el TDAH haya comenzado entonces.

Significa que merece la pena mirar toda su historia y entender qué factores están haciendo ahora más visibles unas dificultades que anteriormente conseguía compensar.

¿Qué ocurre cuando llega un diagnóstico tardío?

Hay una reacción que me parece muy humana.

Primero puede llegar el alivio.

«Entonces no era vaga».

Después muchas veces llega algo parecido al duelo.

Las preguntas que llegan después

  • «¿Y si alguien lo hubiera visto antes?»
  • «¿Habría estudiado otra carrera?»
  • «¿Me habría machacado menos?»
  • «¿Habría tenido más confianza en mí?»
  • «¿Cuántos años me he pasado creyendo que había algo mal en mí?»

No me gusta pasar deprisa por esa parte.

Hay que darle espacio.

Porque comprender nuestro pasado también implica revisar la historia que nos hemos contado sobre nosotros mismos.

Y después llega algo mucho más interesante.

La reorganización.

No intentar convertirte en otra persona.

Sino descubrir cómo funcionas tú.

Sacar las cosas de la cabeza

Una de las estrategias más útiles es muy sencilla.

Si tienes tendencia a olvidar, no uses tu cabeza como agenda.

  • Calendario.
  • Alarmas.
  • Notas.
  • Recordatorios.
  • Listas visibles.
  • Rutinas.

Todo lo que puedas sacar de la memoria y colocar fuera, sácalo.

Y no pienses: «Pero debería acordarme».

¿Quién ha dicho que debas?

Si existe una herramienta que te ayuda, úsala.

Yo no intento recordar todos mis teléfonos.

Los guardo.

Pues esto es exactamente igual.

Divide las tareas

«Tengo que ordenar toda la casa».

Imposible.

«Voy a recoger esta mesa durante quince minutos».

Mucho más fácil.

Las tareas enormes producen parálisis.

Las tareas pequeñas producen movimiento.

Trabajar por bloques cortos, empezar por acciones muy concretas y reducir la cantidad de decisiones ayuda muchísimo.

Y hay algo fundamental:

Empezar imperfectamente es mejor que esperar a empezar perfectamente.

Y trata también la culpa

Porque a veces el diagnóstico se hace en una hora.

Pero la culpa lleva treinta años instalada.

Una mujer puede entender intelectualmente que no era vaga y seguir sintiéndose vaga.

Puede entender que su cerebro funciona de determinada manera y seguir diciéndose: «Tendría que poder».

Ese «tendría que» merece muchísimo trabajo.

Porque el objetivo de un diagnóstico no es darte una nueva etiqueta.

Es ayudarte a comprenderte mejor.

Una advertencia importante sobre las redes sociales

Me alegra muchísimo que hoy se hable más de TDAH en mujeres. Porque durante demasiado tiempo apenas se habló, y muchas mujeres han empezado a preguntarse qué les ocurre gracias a escuchar la experiencia de otras. Eso es bueno.

Pero también tenemos que conservar el rigor.

  • Perder las llaves no es un diagnóstico.
  • Procrastinar no es un diagnóstico.
  • Tener veinte pestañas abiertas en el navegador tampoco.

Vivimos en un mundo que compite constantemente por nuestra atención. Dormimos menos, miramos el teléfono cientos de veces, saltamos de un estímulo a otro y estamos cansados. Todo eso puede parecernos TDAH sin serlo. Un vídeo puede hacerte pensar «aquí hay algo que me resulta familiar». Perfecto. Pero el siguiente paso no es autodiagnosticarte: es consultar.

Quizá nunca fuiste un desastre

Quiero terminar con esto.

Quizá durante toda tu vida has dicho:

La historia que te has contado

  • «Soy un desastre».
  • «Siempre pierdo todo».
  • «No termino nada».
  • «Soy caótica».
  • «Me cuesta muchísimo organizarme».

Y quizá, además, has mirado a otras personas pensando:

Si te has reconocido en este artículo, no significa automáticamente que tengas TDAH.

Pero sí puede significar que merece la pena hacerte una pregunta que quizá nadie te hizo antes:

¿Y si hay una explicación mejor que pensar que el problema soy yo?

Porque entender cómo funciona nuestra mente cambia muchas cosas.

No borra los años difíciles.

No recupera oportunidades perdidas.

Pero puede acabar con una de las cargas más pesadas que llevamos:

la idea de que todo aquello ocurrió porque no nos esforzamos lo suficiente.

Y a partir de ahí empieza algo distinto.

No convertirte en otra persona.

Sino aprender, por fin, a vivir de acuerdo con la persona que eres.

Dra. Marisa Navarro

Médica y psicoterapeuta. Más de 25 años acompañando procesos emocionales en consulta.

Si has reconocido parte de tu propia historia al leer este artículo y quieres comprender qué puede estar ocurriendo, puedes solicitar cita conmigo online.

Preguntas frecuentes

¿Se puede diagnosticar un TDAH por primera vez a los 40 o 50 años?

Sí. El diagnóstico puede hacerse por primera vez en la edad adulta. Para establecerlo es importante comprobar que existían síntomas o dificultades compatibles ya durante el desarrollo, aunque en aquel momento nadie los identificara como TDAH.

¿Cómo sé si tengo ansiedad o TDAH?

Pueden coexistir y algunos síntomas se parecen. La historia clínica es fundamental. En el TDAH buscamos un patrón de dificultades de atención, organización o impulsividad que se remonta a etapas tempranas de la vida. Una evaluación profesional permite diferenciarlo de ansiedad, depresión, problemas de sueño, estrés u otras situaciones que también afectan a la concentración.

¿Por qué puede pasar más desapercibido en algunas mujeres?

Porque no todas las personas con TDAH presentan hiperactividad evidente. Algunas tienen principalmente dificultades de atención y organización, que pueden generar menos problemas externos y pasar más inadvertidas. Además, algunas mujeres desarrollan estrategias de compensación que pueden ocultar durante años el esfuerzo que les supone funcionar en el día a día.

¿Las hormonas pueden influir en los síntomas?

Algunas mujeres describen variaciones de los síntomas relacionadas con determinadas etapas hormonales, incluido el ciclo menstrual o la perimenopausia. Existe interés científico creciente en esta relación, aunque todavía necesitamos más investigación específicamente centrada en mujeres con TDAH.

¿Un test de internet puede diagnosticarme TDAH?

No. Un cuestionario puede servir como herramienta de cribado y ayudarte a decidir si merece la pena consultar, pero el diagnóstico requiere una valoración clínica completa que tenga en cuenta la infancia, la evolución de los síntomas, su impacto en distintas áreas de la vida y otras posibles explicaciones.

    

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